Francesco Tonucci explica la anécdota de un niño de 6 años de Bogotá que le dice a su madre: "Mamá yo quiero ir a la escuela un día a la semana, porque en ese día puedo aprender todo lo que me enseñan, y los otros me hacen falta para jugar".
A pesar de que sabemos que, en la escuela actual, los alumnos solo consiguen asimilar una pequeñísima parte de todo lo que se enseña, muchos se empeñan en no cambiar nada, en seguir haciendo siempre lo mismo. Los intereses de los alumnos y los intereses de la escuela están tan alejados que ir al colegio se percibe como una obligación y un aburrimiento en lugar de vivirse como un privilegio, como una oportunidad para tener una vida más plena y feliz.
Es curioso que aceptemos con toda la naturalidad del mundo que las mochilas de los niños que empiezan la escuela estén cargadas de sueños, de ilusión, de creatividad, de curiosidad, de una sed insaciable por aprender... pero que, con el paso del tiempo, esas mochilas acaban siendo muy pesadas y están solo cargadas de libros y cuadernos; lo cual no es una cosa mala si los libros y los cuadernos se utilizaran para aprender y no exclusivamente para aprobar exámenes.
Deberíamos empezar cada jornada escolar con la actitud y el convencimiento de que "hoy es un día perfecto para aprender". Pero ese aprendizaje debe servir para dominar las matemáticas, la física. la literatura, el arte... pero no para repetir conceptos de forma mecánica sino para comprenderlos y ser capaces de aplicarlos.
Cuando un alumno adquiere un nuevo conocimiento debería ser siempre capaz de dar respuesta a esta pregunta: "¿Y qué?" Es decir, cómo y para qué puedo utilizar eso que he aprendido, cómo puede hacerme más feliz, más autónomo, mejor persona...
A pesar de que sabemos que, en la escuela actual, los alumnos solo consiguen asimilar una pequeñísima parte de todo lo que se enseña, muchos se empeñan en no cambiar nada, en seguir haciendo siempre lo mismo. Los intereses de los alumnos y los intereses de la escuela están tan alejados que ir al colegio se percibe como una obligación y un aburrimiento en lugar de vivirse como un privilegio, como una oportunidad para tener una vida más plena y feliz.
Es curioso que aceptemos con toda la naturalidad del mundo que las mochilas de los niños que empiezan la escuela estén cargadas de sueños, de ilusión, de creatividad, de curiosidad, de una sed insaciable por aprender... pero que, con el paso del tiempo, esas mochilas acaban siendo muy pesadas y están solo cargadas de libros y cuadernos; lo cual no es una cosa mala si los libros y los cuadernos se utilizaran para aprender y no exclusivamente para aprobar exámenes.
Deberíamos empezar cada jornada escolar con la actitud y el convencimiento de que "hoy es un día perfecto para aprender". Pero ese aprendizaje debe servir para dominar las matemáticas, la física. la literatura, el arte... pero no para repetir conceptos de forma mecánica sino para comprenderlos y ser capaces de aplicarlos.
Cuando un alumno adquiere un nuevo conocimiento debería ser siempre capaz de dar respuesta a esta pregunta: "¿Y qué?" Es decir, cómo y para qué puedo utilizar eso que he aprendido, cómo puede hacerme más feliz, más autónomo, mejor persona...
Hace unos días Joselu, autor del blog Profesor en la Secundaria, escribía un comentario a uno de mis post en el que decía: "Se puede aprender con mucho corazón pero a la hora de la verdad hay que memorizar, retener, asimilar, hacer esquemas, mapas conceptuales, estudiar ... La información es ubicua, es cierto, pero un profesor bueno ayuda a seleccionar, a establecer criterios, delimitar conceptos, a formar mentes predispuestas al conocimiento en este caso científico".
Aprender siempre requiere de un cierto esfuerzo y es necesario memorizar, retener... pero esto solo tiene sentido si es significativo para el alumno, si lo hace para algo más que para sacar buena nota (aunque si lo hace, mejor), si lo hace para que le sirva para hacerle más feliz (sea en el sentido que sea).
