La "moda" de las metodologías didácticas innovadoras

domingo, 28 de mayo de 2017
Aunque lo pueda parecer por el título, este post no es una crítica a las metodologías didácticas innovadoras (inductivas, activas...), es un toque de atención ante su mal uso y abuso.

Estoy convencido de que cuantos más y mejores recursos didácticos tengamos más y mejores posibilidades hay de que nuestros alumnos aprendan. De hecho, como puedes ver en la ilustración, las metodologías didácticas de las que disponemos son como la ropa que tenemos en nuestros armario.

Si nos vestimos de forma distinta según la época del año, las condiciones meteorológicas, las circunstancias e incluso nuestros gustos personales y criterios de funcionalidad y comodidad... ¿por qué no hacemos lo mismo con nuestra forma de educar? Por mucho que estuviera de moda, ¿vestirías un jersey de lana de cuello alto a 40 grados centígrados a la sombra o una camiseta sin mangas a 20 grados bajo cero? Pues lo mismo sucede con las metodologías didácticas innovadoras, hay que utilizar en todo momento la que mejor se adapte a las características de un proceso de enseñanza/aprendizaje concreto y a los objetivos que queremos alcanzar.

Permitidme un consejo radical: No utilicéis nunca una metodología didáctica que no dominéis, en la que no tengáis formación suficiente. Para utilizar cualquier metodología es necesario pasar al menos por tres fases: formación/reflexión, aplicación y evaluación. Hay que saber cómo funciona, por qué, para qué, cuándo, dónde y con quién aplicarla.

Si en un momento concreto se quiere transmitir conocimientos a los estudiantes que por su complejidad necesitan de una explicación detallada y personalizada se puede hacer una clase magistral. Si se pretende que los estudiantes desarrollen aprendizajes activos a través de la resolución de problemas se puede aplicar ABP; además, se puede trabajar colaborativamente. Si lo que se busca es que los alumnos ejerciten, ensayen y pongan en práctica sus conocimientos previos se puede plantear la sesión con resolución de problemas...

Estos días hay demasiados fashion victims en nuestras aulas, docentes que aplican de manera poco reflexiva las metodologías de moda, por el simple hecho de estar de moda. Estas metodologías hay que conocerlas, reflexionar sobre ellas, aplicarlas y evaluarlas... no convirtamos en un inconveniente lo que es, sin duda, una ventaja.

Tiritas para esta educación "partía"

domingo, 21 de mayo de 2017
Estos días, el cantante y compositor Alejandro Sanz está celebrando el 20 aniversario de uno de los discos más importantes de la música Pop en español. Una de las canciones insignia de ese disco fue Corazón partío y, como homenaje, me gustaría mostraros que la letra de esta canción refleja de manera sorprendentemente acertada la situación actual de la educación... de esa educación partía, que necesita tiritas que ayuden a cuidarla.

Por supuesto, la “interpretación” que hago de la letra es totalmente libre y nada tiene que ver con lo que pretende expresar Alejandro... pero ya veréis que es una interpretación cuanto menos curiosa:

Tiritas pa' este corazón partío.
Tiritas pa' este corazón partío.

Si sustituimos la palabra corazón por educación, esta frase expresa una realidad indiscutible: la educación está herida y necesita que la cuidemos. La educación está en un proceso de transformación que provoca una angustiosa sensación de indefinición, que hace que esté pasando por unos momentos decisivos en los que necesita del máximo cuidado por parte de todos.

Ya lo ves, que no hay dos sin tres,
que la vida va y viene y que no se detiene...
Y, ¿qué sé yo?


La vida no se detiene, va cambiando, se transforma y las personas tenemos que estar preparadas para enfrentarnos a ella. Hay que prepararse para aprender durante toda la vida, sin descaso, para ser capaces de adaptarnos a los cambios, para ser resilientes, para no quedar abandonado en los márgenes de la sociedad. ¿Qué sé yo? Refleja la incertidumbre con la que nos enfrentamos al futuro.

Pero miénteme aunque sea, dime que algo queda
entre nosotros dos, que en tu habitación
nunca sale el sol, ni existe el tiempo,
ni el dolor.


Tu habitación es tu escuela... en ella todo es artificial, todo es falso: ni pasa el tiempo, ni sale el sol. Se pretende enseñar de manera aséptica, sin dolor, sin tener en cuenta la realidad. Los alumnos deben enfrentarse a situaciones hipotéticas alejadas de sus intereses cuando podrían aprender interaccionando con lo cotidiano, planteando y solucionando situaciones reales, prestando servicios a la comunidad a la que pertenecen (aprendizaje servicio).

Llévame si quieres a perder,
a ningún destino, sin ningún porque.


Si nada cambia, si no transformamos nuestra manera de enseñar en las escuelas, el resultado será que los alumnos no llegarán a ningún destino, a ningún lugar... se perderán sin remisión en la vorágine de un mundo en continuo cambio.

Ya lo sé, que corazón que no ve
es corazón que no siente,
o corazón que te miente, amor.
Pero, sabes que en lo más profundo de mi alma
sigue aquel dolor por creer en ti,
¿qué fue de la ilusión y de lo bello que es vivir?

Para que me curaste cuando estaba herío,
si hoy me dejas de nuevo el corazón partío.


Este fragmento nos dice que, de forma involuntaria, algunos docentes que no ven ni sienten la necesidad de cambiar la educación se esfuerzan por enseñar a sus alumnos de la mejor manera posible. Pero no lo consiguen pues nos les ofrecen las herramientas y destrezas que les permitan afrontar los desafíos de la vida. La educación que les ofrecen nos les prepara para la vida (vital y laboral). Y por eso el reproche final: para qué tengo que esforzarme si tengo la certeza de que lo que me enseñan en la escuela no me va a servir para nada: me dejas de nuevo el corazón partío.

¿Quién me va a entregar sus emociones?
¿Quién me va a pedir que nunca me abandone?
¿Quién me tapará esta noche si hace frío?
¿Quién me va a curar el corazón partío?
¿Quién llenará de primaveras este enero,
y bajará la luna para que juguemos?
Dime, si tú te vas, dime, cariño mío,

¿quién me va a curar el corazón partío?

Los alumnos necesitan de docentes que les emocionen, que sientan pasión por enseñar; que les protejan y estén siempre a su lado; que les ayude a levantarse si se caen; que les ayuden a perseguir sus sueños y sus ilusiones. Tenemos que enseñarles matemáticas, ciencias, filosofía, literatura pero también a identificar y controlar sus emociones, a trabajar colaborativamente, a ser autónomos...

Dar solamente aquello que te sobra
nunca fue compartir, sino dar limosna, amor.
Si no lo sabes tú, te lo digo yo.
Después de la tormenta siempre llega la calma,
pero, sé que después de ti,
después de ti no hay nada.


Enseñar es un acto de generosidad, un acto de amor... y si no se entiende así es muy difícil conseguir que los alumnos alcancen un aprendizaje significativo y valioso para su vida. Hay que seguir peleando por transformar la educación, hay que seguir haciendo pedagogía de la nueva educación, hay que seguir poniendo tiritas a la educación partía.

Sé que esta interpretación de la letra de la canción es fruto de mi imaginación y nada tiene que ver con las intenciones del autor... pero, ¿a que no deja de ser curiosa?
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En clase no hay preguntas estúpidas

domingo, 14 de mayo de 2017
"De vez en cuando tengo la suerte de enseñar en una escuela infantil o elemental. Encuentro muchos niños que son científicos natos, aunque con el asombro muy acusado y el escepticismo muy suave. Son curiosos, tienen vigor intelectual. Se les ocurren preguntas provocadoras y perspicaces. Muestran un entusiasmo enorme. Me hacen preguntas sobre detalles. No han oído hablar nunca de la idea de una pregunta estúpida." Carl Sagan

En muchos centros educativos (en la mayoría) se prepara a los alumnos para que sean capaces de responder preguntas, pero no para sean capaces de plantearlas. De hecho, en algunas aulas se comportan como si asistir a clase fuese algo parecido a participar en un concurso de televisión, donde hay que responder, lo más rápidamente posible, el mayor número de preguntas: Gana quien es capaz de responder sin equivocarse a las preguntas de un examen, sin importar si ha habido o no un aprendizaje significativo. Y pierde quien no es capaz de reproducir las respuestas... aquel que, por un motivo u otro, "pasapalabra".

En una escuela cuyo principal propósito era ser garante de la transmisión de conocimientos, esto era aceptado como válido y servía como criterio de selección de los alumnos. Pero en una escuela cuyo objetivo es formar a personas que sean capaces de cambiar el mundo, y de la que nadie puede quedar excluido, esto carece de validad y legitimación. Lo que debemos hacer es dotarles de las herramientas necesarias para que sean capaces de cuestionarse el mundo en el que vivimos.

Una educación basada en respuestas busca conseguir personas sumisas, que no se somentan al establishment imperante. En cambio, una educación basada en preguntas pretende provocar a los alumnos, busca despertar su espíritu crítico, hacerles responsables de sus actos y acciones. Perder el miedo a hacer preguntas posibilita el cambio, la creatividad, la innovación, la colaboración, la resiliencia...

La educación que lleva a las personas a cuestionarse lo establecido necesita de un tiempo más lento, un tiempo que permita la reflexión, profundizar en los contenidos y conceptos que se estudian. Una educación basada en las respuestas es mucho más acelerada y superficial. Como dice Carl Honoré: "Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir. Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida".

Antes de finalizar, una aclaración que seguramente no debiera ser necesaria: como en todo y para todo hay que aplicar el sentido común. Que la educación que ofrecemos a nuestros alumnos les desafíe a plantear preguntas, no quiere decir que tengamos que cuestionarlo absolutamente todo, que no tengamos que transmitir nada de lo que la humanidad ha ido aprendiendo a lo largo de la historia. Es una cuestión de actitud y predisposición a la hora de enseñar y aprender... Lo dicho: ¡sentido común!
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Educar en la esperanza y la confianza

domingo, 7 de mayo de 2017
Educar es mostrar que hay sol tras los nubarrones.
"Educar es guiar a los estudiantes en su viaje personal hacia modos más veraces de ver el mundo y de estar en él." Parker J. Palmer: El coraje de enseñar. Editorial Sirio

El mundo actual, con su inconsistencia e incertidumbre, provoca desconcierto y nos hace sentir pequeños e insignificantes porque no hay referentes estables ni objetivos claros que perseguir. Nos sentimos superados por las circunstancias y es fácil caer en la frustración y el desánimo, esto les sucede especialmente a los más jóvenes.

La falta de algo estable a lo que aferrarse tiene consecuencias negativas en nuestra manera de entender la educación y, por tanto, de entender y afrontar la vida. Por eso, la educación que ofrecemos a los niños y jóvenes debe tener como propósito ayudarles a no desencantarse ante los retos de la vida, a no empequeñecerse ante ellos, sino dotarles de las herramientas que les permitan enfrentarse con garantías de éxito. La educación debe ayudarles a buscar su "elemento" (en el sentido que propone Ken Robinson), a perseguir sus sueños... y no rendirse nunca; y no debe ser un elemento de exclusión y discriminación.

Nuestros alumnos necesitan tener la certeza de que el esfuerzo que están realizando en sus estudios tiene una incidencia significativa en sus vidas a todos los niveles: en lo intelectual, en lo emocional y en lo espiritual. Educar, en este sentido, necesita de dos elementos imprescindibles: esperanza y confianza.

Esperanza porque sin ella no hay presente ni futuro. Tener esperanza significa tener expectativas de que se van a conseguir nuestros propósitos. La esperanza es más fuerte que el miedo y nos permite perseguir nuestros sueños. La esperanza nos hace perseverantes, entusiastas y resilientes, nos da fuerzas para no caer en el desánimo ni la frustración.

Confianza porque hay una correlación elevada entre ella y el aprendizaje. Cuando se tiene confianza en uno mismo y cuando se recibe la confianza de los demás en nuestras posibilidades es más fácil encontrar la forma de alcanzar nuestros objetivos. La falta de confianza es el primer paso para fracasar, en cambio, si hay confianza el error es un paso más hacia el éxito.

Este tipo de educación basada en la esperanza y en la confianza solo es posible en una escuela inclusiva y no selectiva, que no excluye a nadie.
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¿Tienen los alumnos el "deber" de aprender en la escuela?

domingo, 30 de abril de 2017
Photo credit: Kate Ter Haar. 
"Es necesario aprender lo que necesitamos y no únicamente lo que queremos." Paulo Coelho

Vivimos en un mundo tan complejo, en el que hay tanta información y cambios constantes, que ir a la escuela es un derecho, pero aprender en ella es un deber. O como he dicho en otras ocasiones: no hay que ir a la escuela, hay que vivirla (ver post).

Hay una creciente tendencia a evitar reconocer que los niños tienen deberes, seguramente por sobreprotección, y no solamente derechos. Pero aceptar que los alumnos tienen el "deber" de ir a la escuela no debería ser algo que nos incomodara, sobre todo si lo que hacen en la escuela es aprender y adquirir las habilidades, las destrezas, los conocimientos... que les permitirán afrontar el presente y el futuro con garantía de éxito. La cosa cambia cuando en la escuela se prioriza "aprobar" por encima de "aprender".

Se atribuye a Jean Paul Sartre una frase que, a mi entender, ofrece una idea clara de lo que debería ser la escuela para los alumnos: "Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace." Los alumnos no deben hacer solo lo que ellos quieren o les gusta, pero los docentes tienen la obligación de hacerles querer lo que hacen. No es lícito pretender que quieran hacer algo a lo que no le encuentran ningún sentido, ni valor, ni utilidad. No podemos olvidar que el deber se convierte en motivación solo cuando se aprende a amarlo... y despertar el deseo de aprender es tarea de los docentes (y las familias, por supuesto).

Para que esto se produzca es necesario que la escuela acepte con normalidad que ya no es el garante único de la transmisión del conocimiento (aunque sigue teniendo un lugar preponderante), que existen otros medios también eficaces para ello. Esa facilidad de acceso a la información debe convertirse en una ventaja para la escuela, una de sus nuevas funciones debe ser la de enseñar a discriminar y valorar la información relevante.

Eso implica que los docentes deben aprender a enseñar de otra forma y a enseñar otras cosas que no solo los contenidos de las disciplinas académicas: tolerancia a la frustración, trabajo colaborativo, creatividad... Y, aunque a muchos les cueste entenderlo, esto no va en detrimento de los conceptos propios de las materias, sino que es un complemento necesario. Muchos docentes idealizan la educación del pasado ante la incertidumbre que provoca un futuro incierto. El cambio, lo nuevo, lo desconocido obligan a salir de la zona de confort y eso suele provocar rechazo, miedo e inseguridad.

Que ir a la escuela sea un "deber" para los estudiantes, no debería estar reñido con que sea un "gozo". Sabemos que cuando más y mejor se aprende es cuando nos emocionamos, cuando el aprendizaje es significativo. Para que esto sea posible no existe ninguna receta, ni ninguna fórmula mágica. Si conseguimos conectar lo que se enseña en las escuela con los "intereses" de los alumnos, conseguiremos personalizar el aprendizaje. Ahí está la clave para mejorar la educación que ofrecemos en nuestros centros de enseñanza.
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La educación que deja huella (y no cicatrices)

domingo, 23 de abril de 2017
"Las buenas prácticas educativas dejan huella en las personas, dejan la impronta necesaria para que podamos desarrollarnos de forma autónoma a lo largo de nuestra vida. En cambio, las malas prácticas educativas dejan cicatrices que impiden que alcancemos nuestra máxima plenitud, limitándonos e impidiéndonos que seamos capaces de adaptarnos a situaciones cambiantes."

Este párrafo es el que da pie al título de mi primer libro La educación que deja huella (y no cicatrices), publicado por Ediciones deFabula (@EdDeFabula) y que fue presentado el pasado día 20 en Barcelona.


Con ilustraciones de @javigaar y prólogo de mi admirado y amigo Manu Velasco (@Manu_Velasco), a los que no tengo palabras para agradecer sus aportaciones, el libro es, en buena parte, el resultado de casi cinco años de publicaciones en este blog.

Ha sido un ejercicio de sistematización, de ordenación, que necesitaba llevar a cabo, ya que tenía la sensación de tener muchas cosas publicadas pero muy dispersas. Quería darle coherencia y unificación a todas las reflexiones que iba haciendo de forma aislada cada semana... ¡Espero haberlo conseguido!

Por eso, hoy que es el Día Internacional del Libro quería aprovechar para dar las gracias a todos los que cada semana os pasáis por aquí, a los que comentáis lo que escribo (ya sea para mostrar vuestro desacuerdo o para expresar vuestra conformidad), a los que lo compartís en las redes sociales, a los que los difundís en vuestros blogs o entre vuestros contacto y, por supuesto, a los que me acompañasteis en la presentación del libro. A todos. ¡gracias! Este libro también es un poco vuestro.




Si leéis el libro y queréis comentar alguna cosa, podéis utilizar los hastag #eduhuella. #eduhuelladefabula, #eduhuellasalvaroj. Estaré encantado de conocer vuestras opiniones.


¡Feliz Día Internacional del Libro!
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El docente es un facilitador, no un expositor

domingo, 9 de abril de 2017
Si buscar en imágenes de Google la palabra profesor, las fotografías que aparecen de forma mayoritaria es un hombre (muchos con corbata) o una mujer, en actitud de estar dando una lección, con una pizarra verde de las de toda la vida como fondo. Y esa es la imagen mayoritaria que se tiene de los docentes.

Que la gente en general tenga esa imagen del profesor, tiene una justificación, ya que la imagen del profesor dando una clase magistral es la que han vivido.

El problema aparece cuando son los propios docentes los que se ven así. Permitidme que os explique una anécdota: el otro día, asistí a la presentación de una experiencia educativa bastante innovadora en la que un profesor explicaba que había dejado de explicar los temas a sus alumnos, sino que eran ellos los que, a través de vídeos, adquirían la información y él les guiaba, les planteaba actividades y les solucionaba dudas. Bien, pues al acabar el acto, una profesora de ESO me comentó que ese profesor no explicaba a sus alumnos porque no dominaba la asignatura... ¡Esa mujer no había entendido nada de lo que nos habían explicado!

Es evidente que para enseñar es necesario un buen conocimiento de la materia (o materias o proyectos...) que se imparte. Pero hay otras muchas condiciones tan o más necesarias: el conocimiento de los estudiantes, el conocimiento de cómo se enseña y el conocimiento del contexto en el que se enseña.

Que alguien sea un buen profesor no viene dado exclusivamente por su nivel de conocimiento de una materia, porque el propósito de la docencia no es que él sepa, sino que sepa transmitir el saber a sus alumnos. Para ello es necesario tener recursos didácticos para afrontar las distintas situaciones de aprendizaje que se plantean en el aula.

Hay un refrán popular que, como todos ellos, concentra un saber muy profundo: Del mal maestro no sale discípulo diestro. Todos estaremos de acuerdo en afirmar que para tener una educación de calidad es necesario tener buenos docentes... y el buen profesor es el que consigue que sus alumnos aprendan.
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