“Nada determina más a un ser
humano que su “zona de confort”. Significa el modo en que se ha acostumbrado a
pensar y vivir. Lo que hace, lo que deja de hacer, lo que piensa, lo que deja
de pensar. Cómo resuelve un problema y cómo deja de resolverlo. El ser humano
se instala en su zona de confort y no quiere abandonarla por nada del mundo.
Inventa motivos, argumentos lógicos, toda clase de cosas con tal de no tener
que cambiar de zona”. Max Landorff
Permitidme que para desarrollar este post
utilice un concepto de coaching, la zona de confort, aunque no sea un
ámbito en el que me maneje con comodidad.
No soy un gran aficionado al fútbol, pero el
interés por este concepto se lo debo a José Mourinho, entrenador del Real
Madrid. Para justificar su decisión de dejar en la suplencia a Iker Casillas
(ídolo de la afición, capitán de su equipo, campeón del mundo y de Europa),
dijo que “estar en
una zona de confort permanente no es lo mejor para ningún jugador”. Al margen de la polémica que suscitó, que
me importa bien poco, provocó en mí una fuerte inquietud por reflexionar sobre ello.
Podemos definir la zona de confort como el
conjunto de límites que la persona acaba por confundir con el marco de su
existencia, lo que le impide buscar nuevos retos, tomar iniciativas. No es
necesariamente una zona cómoda, en ocasiones aceptamos la incomodidad por
nuestra incapacidad de superar el miedo al cambio. Salir de la zona de confort
supone una lucha, una batalla contra uno mismo.
El principio en el que se basa esta idea es
que todo está en movimiento, nada es estático, y permanecer en la zona de
confort es un intento de detenerse o, al menos, de avanzar a ralentí. Salir de
la zona de confort para unos pocos “es estar vivo”; para otros, la mayoría, “es
agotador, agobiante y estresante”.
He dedicado algún tiempo a reflexionar sobre
si esto pudiera estar relacionado de algún modo con alguno de los problemas que
afectan a la educación, en general, y en particular al sistema educativo; a
pensar sobre si este es uno de los grandes problemas de nuestra sociedad.
Tengo la impresión, porque no puedo aportar
datos empíricos, que un porcentaje muy importante de las persona (e
instituciones) que estamos relacionados con la educación estamos limitados por
nuestra zona de confort.
Seguramente, si eres docente y has llegado
hasta este post, no sea tu caso, pero sí que la experiencia del día a día nos
demuestra que la realidad que nos rodea tiene mucho que ver con “estar
acomodado” a un lugar de trabajo, a una manera de enseñar, a una manera de
relacionarse con el claustro... En los centros educativos esto supone una
limitación muy importante a la hora de proponer cambios en las programaciones
de centro o en la incorporación de las TIC en las aulas, por poner algún
ejemplo.
Algo parecido sucede con los alumnos. La
mayoría de ellos se limita a aprobar y no tiene interés por aprender. Están
condicionados por un sistema de evaluación que valora en función de éxito y
fracaso, midiendo de manera uniforme a personas con
capacidades distintas.
Por supuesto, las familias, en relación con
la educación de sus hijos y su implicación con la escuela, están
mayoritariamente instaladas en la zona de confort. Aunque en este caso podría
llamarse “zona de comodidad”, pues delega en los centros educativos una tarea
en la que inexcusablemente deberían implicarse, de la que deberían participar
activa y responsablemente.
En conclusión, abandonar nuestra zona de
confort y desplazarnos hasta una zona de los sueños, donde se abre
todo un mundo de posibilidades (aunque pueda producir un cierto miedo), puede
ayudarnos a conseguir nuestras metas. Establecer una pedagogía del desafío
(del reto continuo) como mecanismo para la mejora del sistema educativo puede ser
una herramienta eficaz para conseguir una educación mejor, una sociedad mejor.
