En
los años 40 del siglo XX, Isaac Asimov ideó las tres
leyes de la robótica,
como normas de conducta por las que se regían los robots
protagonistas de sus historias de ciencia ficción.
Hoy, en pleno siglo XXI, me he dado cuenta de que, con pequeñas modificaciones, estas leyes pueden establecerse como fundamento de la labor docente:
Hoy, en pleno siglo XXI, me he dado cuenta de que, con pequeñas modificaciones, estas leyes pueden establecerse como fundamento de la labor docente:
1ª
ley: Un docente no puede hacer daño a un alumno o, por inacción,
permitir que un alumno sufra daño.
La
prioridad máxima del docente es siempre el bien del alumno. Por ello
no debe causarle
ningún daño físico (no, el bofetón no tiene ningún efecto
positivo educativamente hablando) ni tampoco debe de hacer nada que
perjudique su pleno desarrollo como persona y como miembro de la
sociedad en la que vive.
Tal
y como se especifica en esta 1ª ley, el docente también está
obligado a no hacer daño alguno al alumno por inacción, es decir,
por falta de interés, por desidia, por falta de motivación o, lo
que es peor aún, por falta de formación. Esto obliga a los docentes
no solo a tener una buena predisposición para la enseñanza, sino a
formarse de manera continua.
Es
obligatorio que el docente sea entusiasta en su labor y esté atento
a las necesidades cambiantes de su alumnos y se adapte a ellas y no
al revés.
2ª
ley: Un docente debe obedecer las “órdenes” dadas por los
legisladores educativos, excepto si estas órdenes entran en
conflicto con la 1ª ley.
Evidentemente,
el docente debe seguir las normas marcadas en las leyes educativas
vigentes porque sería caótico permitir que cada docente convierta
su aula en una especie de reino de taifa donde haga lo que le venga
en gana, sin control alguno.
Pero
no es menos cierto que cuando las leyes educativas entran en
conflicto con la 1ª ley de la docencia, es decir, no están pensadas
para obtener el máximo bien del alumno, el docente tiene la
obligación de mostrarse insumiso y actuar al margen de lo
políticamente establecido en beneficio de sus alumnos dándoles la
formación que les conviene para desarrollar al máximo su talento y
participar activa y críticamente de la sociedad.
3ª
ley: Un docente debe proteger su propia existencia en la medida en
que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª ley.
Ante
los graves ataques que sufre el personal docente, no solo en su
autoridad moral y social sino también en su situación laboral
(recortes en el sueldo y en los recursos disponibles para llevar a
cabo su labor de manera adecuada), los docentes tienen la obligación
de luchar por sus derechos y los de sus alumnos, de mostrar su
indignación por la injusticia de la situación a la que se ven
abocados.
Eso
sí, en el ejercicio de este derecho no se puede entrar en conflicto
con la 1ª ni con la 2ª ley, por lo debe vigilarse que los alumnos
no se vean aún más perjudicados, porque ellos son el futuro de la
sociedad y su educación es básica para que este mundo sea un poco
mejor.

