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El sonido de las aulas

lunes, 27 de enero de 2014
Aprender en la escuela, al contrario de lo que se creía (y aún se cree demasiado a menudo), no es un acto solitario, individual e introspectivo sino que es un acto colectivo, colaborativo y social.

Cerrad los ojos e imaginad una clase de, por ejemplo, 6.º de Primaria...

Si alguno de vosotros ha imaginado un aula con un profesor o profesora frente a una clase de niños y niñas de 12 años que escuchan sentados cada uno en su pupitre, mirando de frente a la mesa del profesor y tomando notas en completo silencio: ¡Tenemos un problema! Y si encima alguno ha visualizado además un encerado, con sus tizas y su borrador, y una tarima como elementos centrales del aula: ¡El asunto empieza a ser muy serio!

Os tengo que confesar que a mí me dan mucho miedo las aulas que están siempre en absoluto silencio. El silencio sepulcral o monacal me recuerda a un cementerio o a la quietud y la calma introspectiva de un monasterio. Yo prefiero las aulas que tienen un murmullo continuo, un rumor controlado y armónico como el de las olas del mar al romper en la orilla. Prefiero las aulas que están vivas, que se mueven, que se transforman... No me parece mal que de vez en cuando el caos se apodere de la actividad del aula, sin llegar a la anarquía total, claro.

"Pero eso es insostenible e insoportable", pensarán aquellos que creen que la escuela debe crear pequeños eruditos y futuros cracks del Trivial. Pero lo cierto es que la escuela debe formar personas con espíritu crítico, participativas, capaces de adaptarse a situaciones cambiantes... personas que tienen derecho a equivocarse y aprender de sus errores (no han de ser castigados por ellos). Y no se pueden formar personas así a base de escuchar en silencio y vomitar contenidos sin digerir. La escuela no debe proporcionar contenidos para memorizar sino que el conocimiento debe adquirirse, producirse, asimilarse y, por supuesto, utilizarse.

Para finalizar, me gustaría dejaros una frase para reflexionar:

Los problemas más importantes de la educación son los que aún están por llegar: ¡estad atentos! 

Los tres fantasmas de la educación

miércoles, 23 de septiembre de 2015
Lo que os voy a contar sucedió hace tan solo unos días. No sé si fue real o fue un sueño... solo sé que sucedió justo la noche de aquel día que estuve comentando en clase con mis alumnos la obra de Charles Dickens.

Aquella noche estaba especialmente cansado. Estaba leyendo el último libro de Ken Robinson y me quedé dormido encima de él. Fue entonces cuando, de repente, noté una presencia... era el mismísimo Ken Robinson. Con semblante serio y un castellano sin acento británico me anunció que esa noche me visitarían tres espíritus: el fantasma de la educación del pasado, el fantasma de la educación del presente y el fantasma de la educación del futuro. Y dicho eso, sin darme a tiempo a que le pudiera decir lo mucho que admiro su visión de la educación, desapareció sin decir ni pío.

Me desperté con la marca del libro en mi mejilla y me fui a la cama con la certeza de haber tenido un extraño sueño. Me dormí casi al instante, como se duermen los niños que han estado todo el día corriendo sin parar. Pero, de pronto, noté que había alguien a mi lado. Me desperté sobresaltado y vi a un señor vestido con un traje oscuro y una corbata negra... en realidad, todo él era en blanco y negro.

-¿Quién es usted y qué hace en mi cama? -le pregunté.
-Soy el fantasma de la educación del pasado. Vengo para llevarte a una escuela de 1960.

Y dicho esto, aparecimos en una escuela donde había una maestra sentada en una mesa que estaba encima de una tarima. Los niños y las niñas estaban sentados de dos en dos en pupitres clavados en el suelo. Justo detrás de la mesa de la profesora había una pizarra con el día y la fecha escritos la parte superior con una caligrafía casi perfecta. En el aula había un silencio sepulcral solo roto cuando la profesora hablaba con voz alta y clara y dictaba a sus alumnos la lección del día.

Estuvimos en silencio viendo cómo se desarrollaba la clase... Me desperté de golpe con el pulso acelerado. “¡Qué sueño más extraño!” pensé. Pero, los sueños sueños son... me di la vuelta e intenté volverme a dormir. Y lo conseguí.

No sé cuanto tiempo llevaba dormido cuando noté que alguien me tocaba el hombro y me decía que despertara. Abrí los ojos y me encontré delante de mi cama a alguien que se parecía mucho, muchísimo, a la directora de mi escuela.

-¿Quién eres? ¿Cómo has entrado en mi casa? -le pregunté un poco molesto.
-Soy el fantasma de la educación del presente. Vengo para mostrarte lo que haces en clase.

Y dicho esto, aparecimos en mi clase. Yo estaba hablando a mis alumnos sentado en el filo de una mesa que estaba frente a ellos. Los pupitres no estaban clavados en el suelo pero la disposición de la clase tenía forma de auditorio. Detrás de mí estaba mi PDI, pero estaba apagada. Los niños y las niñas estaban escuchando, con más voluntad que atención, mi explicación de qué ventajas tiene la tecnología en nuestra vida diaria.

-No te parece extraño... a parte de la pizarra y de los carteles que hay en las paredes del aula, todo se parece demasiado al aula que has visitado con el fantasma del pasado... ¿no es verdad?

Sin tener tiempo para responder me desperté empapado en sudor. “Yo no creo que mis clases sean así... pero ¡si leo los libros de Robinson!”. Pero como había sido un sueño, aunque con una extraña sensación de intranquilidad, volví a quedarme dormido.

No había pasado demasiado tiempo cuando un hombre vestido de manera extraña, con ropa digna de un astronauta, me tiró de la cama de un empujón.

-¿Qué pasa? ¿Quién o qué eres tú? -le pregunté indignado.
-Soy el fantasma de la educación del futuro...

Y de repente aparecimos en un aula de una escuela muy parecida a las que había visitado con los otros fantasmas aunque con más aparatos tecnológicos. Los niños y las niñas estaban sentados en mesas que tenían pantallas táctiles incorporadas, no había cuadernos ni libros de papel. Pero la profesora estaba delante de ellos y les explicaba no sé exactamente qué sobre los viajes en el tiempo y la física cuántica, mientras ellos escuchaban en silencio.

-Te lo advierto -me dijo el fantasma del futuro-. O empiezas a educar a tus alumnos como debes hacerlo, como lees en los libros de Robinson: les dejas participar, ser creativos, colaborar entre ellos, cambias la disposición del aula, les planteas retos, les enseñas a hacer preguntas... o todo va a seguir como siempre para siempre. ¿Eso es lo que quieres?

Sonó mi despertador. Era la hora de levantarme para ir al colegio. No sé si los tres fantasmas me habían visitado o tan solo había sido un sueño... pero solo llegar a clase puse las mesa de los alumnos una en frente de la otra y cuando entraron mis alumnos en clase les pedí que me dijeran qué les gustaría hacer y les di las pautas para que lo hicieran. Desde ese día he cambiado mi manera de enseñar, soy lo que llaman un maestro innovador. No quiero que por mi causa la educación no se transforme y cambie para adaptarse a los nuevos tiempos. Creo que lo he conseguido y que Ken Robinson estará orgulloso de mi.
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10 motivos por los que a l@s alumn@s puede no gustarles la escuela

martes, 4 de diciembre de 2012
El otro día, haciendo una búsqueda en Google sobre el término “colegio”, me encontré, sin pretenderlo, con esta entrada de la Frikipedia (una versión satírica de la Wikipedia):

“Los "Centros de Reclusión para Menores", comúnmente llamados "Colegios", son lugares amplios y luminosos, de cuartos repletos de máquinas de tortura medievales utileria escolar, que curiosamente tienen como lugar de estacionamiento ciudades repletas de niños o hobbits. En estos antros de rutina edificios (mayormente) se diferencian varias partes, secciones, personajes y demás elementos a citar.” También se dice en esta entrada que las siglas “cole” significan “cárcel obligatoria llena de exámenes”.

Por supuesto se trata de una definición paródica, sarcástica, que pretende, de una manera algo extraña, ser graciosa. La escuela es otra cosa, pero las características que se exageran en esta definición de la Frikipedia, nos pueden dar una pista de cuáles son los motivos por los que a los alumnos y alumnas puede no gustarles ir a la escuela:

1.    Inmovilidad. La obligación de permanecer sentado durante un buen número de horas. No está en su naturaleza, necesitan moverse, tener actividad física para expresarse, comunicarse...

2.    Silencio. A la inmovilidad se le suma el hecho de estar siempre en silencio, sin casi interacción con los compañeros.

3.    Aislamiento. No tener contacto con el exterior. En sentido literal, estar casi todo el tiempo en un aula, entre cuatro paredes sin disfrutar del aire libre, de la naturaleza. En sentido figurado, no tener la posibilidad de relacionarse con el exterior a través de las redes sociales u otros medios.

4.    Uniformidad. El referente es el grupo clase y no el individuo. La enseñanza es igual para todos sin tener en cuenta las capacidades personales y los distintos ritmos de aprendizaje. Dicho sea de paso, aprovecho para comentar el tema de los uniformes que anulan la personalidad de l@s alumn@s, para conseguir una cierta igualdad, que no deja de ser ficticia.

5.    Pasividad. No tener una participación activa en el proceso de aprendizaje, ser un mero receptor de información. No ser sujeto creador es un elemento desmotivador.

6.    Aburrimiento. Tener que aprender cosas que marca un currículum que está totalmente alejado de la realidad y los intereses de l@s alumn@s.

7.    Estrés. Una presión desmedida por las calificaciones y el miedo al fracaso. El error se ve como derrota y no como oportunidad.

8.    Anacronismo. El empleo de recursos y aparatos propios de los siglos XIX y XX cuando los alumnos viven en un mundo digital. Los alumnos están hiperconectados en su vida cotidiana y “hiperdesconectados” en la escuela.

9.    Rigidez. Se les obliga a saltar de una materia a otra siguiendo unos horarios rígidos e inflexibles. No se tiene en cuenta sus intereses ni se trabaja transversalmente o por proyectos.

10. Incomprensión. La mayoría de las veces l@s alumn@s no entienden nada de los que se les explica, ni por qué se les explica. Y lo que es más grave aún, ellos ven que no se les comprende, ni se les tiene en cuenta.

Seguro que se pueden encontrar otros motivos y, por supuesto, que no todos los centros educativos son iguales. La función de este decálogo es hacer visibles algunas cuestiones para tenerlas presentes y, en la medida de los posible, evitarlas.
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Juntos aprendemos más y mejor

sábado, 19 de septiembre de 2015
"Los estudios realizados sobre el aprendizaje muestran que los alumnos entienden y retienen mucho más lo que aprenden cuando han estudiado y aplicado dicho conocimiento en un contexto práctico." Tony Wagner

Muchos son los que creen aún que el silencio es la voz de los alumnos, demasiados los que están convencidos de que solo se puede aprender en un ambiente monacal de silencio, quietud y recogimiento; y que "hincar los codos" es la única forma de estudiar. Esta situación resulta sorprendente ya que, según las investigaciones más recientes en neuroeducación y psicología cognitiva y del aprendizaje, no se aprende así.

En Aprender a aprender, Benedict Carey cuestiona, con el apoyo de numerosas investigaciones, algunos de los mitos sobre la mejor manera de aprender. Para Carey, entre otras cosas, a la hora de aprender hay que huir de la rutina y se obtiene mejor rendimiento cuando se varía los lugares donde se estudia o se practica. También dice Carey que hay algo más importante que cuánto tiempo se estudie, y es cómo distribuir ese tiempo.

El aprendizaje siempre requiere de un esfuerzo por parte del estudiante, pero debemos dejar de hablar de "hincar codos" como sinónimo de ese esfuerzo y sacrificio... hay mejores y más efectivas maneras de aprender. En ocasiones, damos por válidas maneras de hacer las cosas sin plantearnos su eficacia. Por ejemplo, muchos alumnos estudian exclusivamente leyendo un libro o unos apuntes sin tener en cuenta que, según Goleman, la mente de un lector, generalmente, divaga entre el 20 y el 40% del tiempo que se dedica a la lectura.

Además existe la creencia de que para que el aprendizaje sea efectivo debe de ser un acto individual y solitario. Esta creencia tiene un efecto muy negativo en la educación. Lo cierto es que juntos, colectiva y colaborativamente, aprendemos más y mejor. Aprender juntos significa que docentes y alumnos mantienen una relación activa y bidireccional, que la cooperación y el trabajo entre iguales ocupa buena parte del tiempo de clase. Aprender juntos implica:
- Que los docentes deben escuchar más y hablar menos. Por tanto, los alumnos deben tener voz en las aulas para expresarse, para compartir ideas, para crear, para opinar...
- Dialogar para llegar a acuerdos en lugar de imponer la obediencia ciega.
- Proponer, dar opciones y fomentar la participación activa y responsable.
- Compartir en vez de competir.

La educación que motiva a los alumnos es aquella que les ayuda a provocar cambios. Educar no es decir al otro lo que "debe" hacer, sino lo que "puede" hacer. Todo educador debe conocer cuál es el interés y el talento de sus alumnos y trabajar para que estos se conviertan en su elemento (como lo denomina Ken Robinson). La educación no debe crear barreras sino abrir caminos de oportunidades. Cuantos más abra, mejor... más posibilidades de tomar el mejor camino para llegar a nuestro objetivo.

Si alguien piensa que esta forma de aprender es menos exigente y requiere de menos esfuerzo por parte de los alumnos para alcanzar el aprendizaje, en mi opinión, está muy equivocado. Además, si seguimos entendiendo la educación como "hincar codos", la escuela acabará multiplicándose por cero... y perderá todo sentido como institución útil para la sociedad y las personas.
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Federico García Lorca y la escuela

miércoles, 5 de junio de 2013
Con motivo del 115 aniversario del nacimiento del poeta Federico García Lorca me gustaría compartir con vosotros algunos de sus poemas que pueden ayudarnos a reflexionar sobre la escuela y la educación.
Los grandes poetas no solo pintan de colores las palabras, sino que cuando, por medio de la lectura, sus palabras penetran en nuestro interior, estallan en nuestra consciencia dando lugar a la inquietud que producen los pensamientos profundos.

Ojalá todos los diálogos entre maestro y alumno fueran así:

Escuela

 MAESTRO
¿Qué doncella se casa
con el viento?
NIÑO
La doncella de todos
los deseos.
MAESTRO
¿Qué le regala
el viento?
NIÑO
Remolinos de oro
y mapas superpuestos.
MAESTRO
Ella ¿le ofrece algo?
NIÑO
Su corazón abierto.
MAESTRO
Decid cómo se llama.
NIÑO
Su nombre es un secreto.
La ventana del colegio tiene una cortina de luceros.

Me gustaría que la siguiente estampa que dibuja Lorca fuera cotidiana y viéramos salir siempre contentos a los niños de la escuela, pero no porque se escapan de ella sino porque sienten la felicidad propia de haber estado aprendiendo:

Canción primavera
(fragmento)

Salen los niños alegres 
De la escuela, 
Poniendo en el aire tibio 
Del abril, canciones tiernas. 
¡Que alegría tiene el hondo 
Silencio de la calleja! 
Un silencio hecho pedazos 
por risas de plata nueva.

Para acabar, unos versos sacados de contexto... pero no os habéis sentido así alguna vez en vuestra labor docente:


Canción menor
(fragmento)

Daré todo a los demás
y lloraré mi pasión
como niño abandonado
en cuento que se borró.
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3 cosas para cambiar en la educación escolar

jueves, 1 de agosto de 2013
Cada día estoy más convencido de que la historia juzgará como crueles a nuestras escuelas por mantener inmóviles a los alumnos durante horas. Los historiadores de la educación del siglo XXII escribirán grandes ensayos sobre el maltrato que sufrían los niños y las niñas de nuestra época al ser obligados "contra natura" a permanecer sentados en una silla, en absoluto silencio, encerrados durante horas en una habitación de la cual no podían salir sin permiso.

Nada está más lejos de la naturaleza de los niños que la inmovilidad y la incomunicación, nada está más lejos de la esencia de la educación. El movimiento (la actividad física) es una parte inherente del estado natural de la infancia. La interacción, el intercambio, la comunicación y la palabra son también elementos definitorios de la infancia.

Después de lo dicho, propongo tres aspectos de la educación escolar actual que debemos cambiar de manera urgente:

1. Aulas abiertas
Los espacios cerrados, las aulas con disposición “de auditorio” corresponden a un concepto educativo basado en la transmisión magistral de contenidos y en la disciplina entendida en un sentido casi militar. La presencia del maestro encima de una tarima le otorgaba un mando, una autoridad marcial de control, que convertía al docente en un vigilante al que respetar a través del miedo al castigo. Pero el auténtico respeto debe ganarse siempre a través de la admiración y nunca desde el temor.

Abrir las aulas, enseñar en espacios abiertos, abrir la escuela al mundo no es una tarea sencilla. Para empezar a cambiar nuestros centros educativos debe replantearse toda la arquitectura escolar, diseñando edificios más flexibles (que huyan del modelo panóptico de Bentham) con espacios comunes, con aulas intercambiables, con jardines, con pistas deportivas...

Actividad física constante
En lugar de estar todo el día sentados, deberíamos plantear que nuestros alumnos puedan estar en constante movimiento. Para ello, la educación física debería ser la base de todo el proceso de enseñanza/aprendizaje en los primeros años de escolarización (al menos hasta los 12 o 13 años).

Las matemáticas, la lengua, las ciencias... deberían enseñarse a través del movimiento, del ejercicio físico. Las clases podrían hacerse en el gimnasio, en la pista polideportiva, en el patio, en el parque. La motricidad puede ser el elemento didáctico principal para alcanzar conceptos de las distintas materias de manera que sean significativos para los alumnos. 

El movimiento y el aprendizaje no son incompatibles, sino todo lo contrario.

Más y mejor comunicación
He comentado en más de una ocasión que compartir es el verbo clave de la educación actual. Para que esto sea posible, debemos borrar el silencio absoluto de nuestras aulas.

Con el diseño actual de las escuelas es difícil, pero no imposible, promover el trabajo colaborativo, facilitar una disposición del mobiliario de aula que potencie el diálogo entre iguales. Hablar, dialogar, debatir... son procesos mucho más activos que el escuchar.

Una clase en la que los alumnos hablan entre ellos para realizar trabajo cooperativo no es una clase caótica, al contrario, es la situación ideal para que los alumnos aprendan.

Entiendo que muchos creeréis que los tres cambios que he planteado son una utopía, pero ¿acaso la educación no persigue alcanzar lo utópico?
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El imperativo en educación

domingo, 3 de noviembre de 2013
El uso de las órdenes, acompañadas en demasiadas ocasiones de gritos, ha sido (¡y es aún hoy!) una constante en la educación escolar.

El docente, a imagen y semejanza de un militar, se dirige a los alumnos mediante el imperativo para "mandarles" una tarea, para mantener una disciplina en clase consistente en silencio y quietud: un buen grito hace callar, momentáneamente, al más rebelde de los alumnos.

El miedo al castigo (antaño físico) y la violencia verbal son elementos a desterrar en una escuela en la que debemos sustituir la competencia por la solidaridad. Para ello debemos empezar a sugerir y no a ordenar, a proponer y no a imponer. Es mucho mejor que los alumnos nos respeten por admiración, más que por temor.

Debemos cambiar el concepto de disciplina que impera en nuestras aulas. Debemos dejar de temer al ruido que provocan alumnos trabajando en pequeños grupos, debemos dejar de temer al movimiento en el aula. Aunque sea difícil de aceptar... de algún modo debemos dejar entrar el caos en la escuela. La educación que tiene como objetivo el compartir el saber no puede basarse en la quietud y el silencio, en la pasividad absoluta.

En la educación que viene, esa que se está imponiendo poco a poco, el docente ya no es el depositario del saber, el transmisor de la verdad absoluta. El docente es el guía que acompaña y no el "jefe que manda", por tanto, el lenguaje que utilice no puede ser imperativo ni impositivo sino asertivo y amable. El objetivo no es que sea obedecido, sino seguido como ejemplo.
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Conversar en el aula: clave para el aprendizaje

domingo, 1 de septiembre de 2013
Si escribes en el buscador Google "problemas voz profesores" aparecen aproximadamente 7.090.000 entradas relacionadas.

Sin duda, la garganta es uno de los puntos débiles de cualquier profesor. Los problemas de voz están muy extendidos entre los docentes debido a la cantidad de horas que se pasan hablando: el profesor quiere ser escuchado, necesita ser escuchado.

En demasiadas ocasiones los profesores deben forzar la voz para hacerse oír en un aula inquieta o hablan y hablan sin descanso para transmitir datos, fechas, conceptos y más datos a los alumnos, que los escuchan y los reciben con desgana.

Los docentes hablan mucho a sus alumnos... pero, ¿cuánto tiempo dedican a hablar con ellos?

Hablar es articular, proferir palabras para darse a entender. Conversar supone bidireccionalidad: se quiere ser escuchado pero también se quiere escuchar al otro.

En la escuela del siglo XXI, el profesor debe ceder la palabra a sus alumnos. Debe romper con la creencia injustificada de que se aprende en silencio y debe permitir a los alumnos que hablen con él y entre ellos.

Conversar es compartir y compartir es construir el aprendizaje. Una construcción donde el alumno es partícipe con su propia voz, donde es escuchado y valorado… donde se le tiene en cuenta.

Conversar mejora la convivencia en el aula, facilita la empatía. Cuando tenemos en cuenta la opinión de los alumnos es mucho más fácil ponerse en su lugar y lograr estrategias didácticas que faciliten el aprendizaje. El intercambio de opiniones, de puntos de vista, permite una mejor educación emocional y la transmisión de valores.

A muchos no les va a resultar fácil, pero ya es hora de que los profesores hablen menos y escuchen más.
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Educación: prejuicios y paradojas

martes, 10 de abril de 2012
El mundo de la educación está lleno de prejuicios y paradojas. Nos gustan las afirmaciones absolutas y, en la mayoría de las ocasiones, ni tan siquiera dedicamos un tiempo a reflexionar sobre su veracidad:

- El buen maestro lo es por vocación.
Siempre que se habla de los trabajadores de la enseñanza suele hacerse referencia a su vocación, pero casi nunca a su profesionalidad.
La calidad de un maestro o maestra viene dada por su formación, por su capacidad para adaptarse a las nuevas situaciones, por su capacidad para motivar a sus alumnos, por sus resultados a la hora de enseñar a sus alumnos, por su disponibilidad a trabajar en equipo con sus compañeros de claustro...
La vocación, seguramente, es un elemento importante pero no define al buen profesor. Por tanto, un buen profesor es aquel que está en formación permanente (nunca deja de aprender), que se adapta a las nuevas situaciones y que cumple con su principal cometido: sus alumnos aprenden.

- La perversión del uso de las herramientas educativas.
Suele decirse que los profesores que emplean libros de texto son malos y los que emplean otros recursos (ya sean propios o nuevas tecnologías) son buenos. Las herramientas educativas no son buenas ni malas por sí mismas, es su uso lo que es adecuado o inadecuado.
Un libro de texto bien usado puede ser una herramienta educativa de gran calidad y un ordenador conectado a internet puede ser un caos total, y viceversa. Por otro lado, hay profesores que hacen unos magníficos materiales para sus alumnos y otros que se limitan a fotocopiar libros impresos y/o a copiar lo que encuentran por internet sin ningún tipo de coherencia.
En mi opinión, todas las herramientas educativas tienen un valor añadido. Se trata de usar la herramienta adecuada para cada necesidad.

- Disciplina en el aula.
Un aula donde los alumnos están sentados y en silencio es la situación perfecta para el aprendizaje. Esta afirmación responde a una concepción desfasada de lo que es el proceso de enseñanza/aprendizaje.
Los alumnos pueden moverse por el aula y comentar, dialogar y debatir con sus compañeros, hablar respetando turnos y con el tono de voz adecuado. El trabajo colaborativo es hoy en día un elemento indispensable en la formación de nuestros alumnos.
Las aulas deben ser flexibles, la disposición de las mesas y de los propios alumnos debe estar en función del trabajo a realizar.
Pero claro para que un profesor pueda trabajar así deben darse las condiciones adecuadas; si con los recortes educativos la ratio de estudiantes por aula aumenta de manera considerable muchos maestros volverán a la clase magistral. 

- Los alumnos cada vez son más tontos.
Los niños y las niñas no son menos capaces que los de generaciones precedentes. Pero no podemos intentar enseñar a alumnos del siglo XXI con la metodología del siglo XIX; no debemos ignorar que la realidad de nuestros alumnos es digital, que en el mundo que les rodea la realidad virtual y las imágenes en movimiento e interactivas son una constante. Por ello debemos aplicar una didáctica adecuada a nuestros alumnos, que probablemente no sea la didáctica que nos enseñaron en la facultad.

Estos son algunos de los prejuicios y de las paradojas que, en mi opinión, están presentes en el mundo de la educación. ¿Qué otros se te ocurren?


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Twitter: la revolución de la educación

viernes, 18 de mayo de 2012
Recuerdo que la mayoría de las clases que recibí en la escuela consistían en una hora de charla, más o menos interesante dependiendo del tema y del profesor, y una lucha por tomar apuntes sin perder el hilo de lo que me estaban explicando. Suerte que, con el tiempo, aprendí a sintetizar, a condensar en unas pocas frases todo aquel torrente de palabras.

En mi época de escolar, tener buena memoria era fundamental para tener éxito en el aula. Tenía algunos compañeros capaces de memorizar palabra por palabra lo que decía el profesor sin entender nada de nada, pero que obtenían calificaciones de notable y sobresaliente. Por supuesto esta educación era individual y estaba dirigida hacia el interior de uno mismo (éramos recipientes a los que llenar con datos, números y palabras).

En clase, no podíamos hablar con los compañeros, se confundía el silencio monacal con la disciplina (en el sentido militar del término). El trabajo en equipo solo existía en la hora de gimnasia (ahora Educación Física), durante los partidos de fútbol que nos hacían jugar.

Han pasado bastantes años desde mi educación básica (EGB), no importa exactamente cuántos, y es cierto que las cosas han cambiado en las escuelas... ¿Pero han cambiado tanto? ¿Seguro?

Puede que todavía no se haya producido una verdadera revolución en la escuela... pero estamos a punto de vivirla, irremediablemente, en un plazo breve de tiempo. Internet y las TIC van a transformar (a cambiar radicalmente) las formas de enseñar, van a difuminar las paredes de las aulas, convirtiéndolas en una ventana al mundo, y van a ofrecer un abanico de posibilidades casi sin límites.

Una de las herramientas más poderosas para cambiar los métodos de aprendizaje es Twitter. Ya se ha escrito mucho sobre el tema (@educacontic, @jjdeharo, @wwwhatsnew/Carolina Velasco, entre otros muchos) y se han publicado excelentes presentaciones:

No pretendo repetir todo lo que se ha dicho sobre el tema sino destacar algunos aspectos que me parecen novedosos e interesantes. La primera idea es que Twitter es bidireccional, es decir, puedes recibir información, pero también puedes proporcionarla. Compartir es el verbo clave en Twitter y, estoy seguro, también el de la educación del futuro inmediato. La posibilidad de trabajar colaborativamente con alumnos de otros centros educativos, de otras ciudades, de otros países es una fuente increíble de enriquecimiento del acto educativo. Poder acceder a personas y entidades relevantes para recibir e intercambiar opiniones ofrece un plus de calidad al aprendizaje.

Al mismo tiempo, Twitter es el "lenguaje" de nuestros alumnos, su forma cotidiana de comunicación. Gracias a las redes sociales, los jóvenes de hoy en día pueden enfrentarse sin anacronismos a la siempre dura tarea de aprender, con las herramientas que usan ellos en el día a día. Sin sentirse extraños en un lugar donde las cosas que usan no pertencen "a su mundo".

En mi opinión, uno de los usos más interesantes de Twitter en el aula consiste en lanzar preguntas a la red, para hacer luego un trabajo de compilación y sistematización de las respuestas obtenidas. Así, la capacidad de síntesis que se concentra en 140 caracteres puede servir para hacer el proceso contrario y ampliar la información. Con lo que la supuesta limitación de Twitter se convierte en una ventaja. 

También creo fundamental hacer una selección muy cuidada de las personas o entidades a seguir, agrupándolas en listas temáticas. La cantidad del número de seguidores debe estar en función del nivel educativo en el que estamos trabajando; a mayor nivel, más seguidores. Se hace muy necesario crear una secuencia didáctica efectiva del uso de Twitter en los distintos niveles educativos: desde la educación infantil hasta la educación superior.

Existen un buen número de experiencias interesantes sobre el uso de Twitter en la educación y, seguro, que cada día habrá más y más. Reitero lo que he dicho anteriormente: quien no sea capaz de ver que las TIC van a cambiar radicalmente los procesos de enseñanza/aprendizaje, va quedar "fuera de juego". ¿Puede sucederte a ti?
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Desmontando 5 tópicos educativos

lunes, 18 de febrero de 2013
La mayor señal del éxito de un profesor es poder decir: Ahora los niños trabajan como si yo no existiera.” María Montessori

Dicen que las personas somos lo que comemos (cuerpo), y yo añadiría que también somos el resultado del tipo de educación que hemos recibido (mente). Las buenas prácticas educativas dejan huella, dejan la impronta necesaria para que las personas podamos desarrollarnos de forma autónoma a la largo de nuestra vida. En cambio, las malas prácticas educativas dejan cicatrices que impiden que las personas alcancemos nuestra máxima plenitud, limitándonos e impidiéndonos la adaptación a situaciones cambiantes.
Todos tenemos en nuestro interior huellas y cicatrices educativas. Eso es inevitable en un proceso tan complejo como es el aprendizaje. Por ello, es necesario que tratemos de identificarlas: las huellas para seguirlas y encontrar el camino correcto; las cicatrices para intentar curarlas y que no nos impidan avanzar.
El problema para los educadores es saber si nuestra acción educativa deja huellas o cicatrices (entendamos educadores en sentido amplio ya sea desde la familia, la escuela o la “tribu”). Porque partamos de la premisa de que ningún educador pretende dejar cicatrices de forma consciente, sino más bien al contrario todo educador pretende dejar huella.
Al margen de la familia y la tribu, me gustaría desenmascarar 5 tópicos educativos escolares que, sin ser conscientes, pueden causar cicatrices:

1.    El silencio, la quietud y la solitud son condiciones inherentes al aprendizaje. Estudiar, como se ha entendido tradicionalmente, tiene un punto de postración donde todo el esfuerzo requerido es mental y el cuerpo debe permanecer inmóvil. Se premia la quietud y se castiga el movimiento. En realidad, el aprendizaje puede y debe ser compartido, colaborativo y puede y debe requerir de diferentes acciones simultáneas para que resulte significativo para el alumno. La acción lleva al conocimiento.
2.    Aprender en la escuela es necesariamente aburrido y necesita obligatoriamente de un punto de sacrificio por parte del alumno, que debe disciplinarse para sobrellevar el aburrimiento. Quizás sea este el motivo por el que a los alumnos no les guste la escuela. La diversión, la sorpresa, el entretenimiento no están reñidos con el aprendizaje, al contrario, son elementos indispensables para alcanzarlo, pues predisponen y motivan al alumno y lo hacen significativo.
3.    Todos debemos aprender lo mismo y de la misma forma (“porque lo dice el currículum” se justifican muchos profesores). Se tiene miedo a lo diferente, a buscar soluciones personales y creativas, se castiga lo que se escapa de la norma, de lo estipulado. En la educación tradicional se te juzga como bueno si eres mejor que otros y como malo, si eres peor. El referente del éxito educativo nunca es uno mismo. Enseñar a cada alumno para que desarrolle su talento individual y le saque el máximo provecho es lo mejor para el individuo y para la sociedad.
4.    Los alumnos tienen la mente en blanco, vacía si se entiende como un recipiente, y debemos llenarla de datos. Si las cosas no se saben de memoria, los alumnos no saben nada. La memoria es importante y debe trabajarse en la escuela pero como una capacidad más, no como la única capacidad para alcanzar el aprendizaje. Pero hoy, con la infoxicación de datos existentes y su volatilidad, es más importante disponer de las competencias necesarias para manejarse con ellos que no el tenerlos almacenados en nuestra mente.
5.    Los niños sueñan con dragones y pelotas, las niñas con princesas y muñecas. Reforzar estos estereotipos limita el desarrollo, el potencial de los alumnos. Limitar la educación de nuestros niños y niñas a causa de estereotipos sexistas es hacerle un flaco favor a la sociedad, ya que impide que desarrollen su máximo potencial como personas. Dejemos que cada cual desarrolle sus potencialidades en función de sus intereses y no las limitemos a causa de nuestra miopía.
La única forma de cambiar nuestra manera de educar es desmontando lo que sabemos, ponerlo en tela de juicio, deconstruir nuestra práctica docente para poder hacer las cosas de forma distinta, quizás un poco mejor.

P.D.: Añado con fecha 27 de junio de 2013 un video realizado por Dielmer Fdo Giraldo (@Dielmer) sobre este post, con mi agradecimiento:
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2 claves para educar: Tiempo para pensar y espacio para equivocarse

miércoles, 5 de noviembre de 2025


Estamos viviendo una de las paradojas más crueles de la educación moderna: la obsesión por la sobreprotección y la seguridad absoluta nos está llevando a una gran renuncia. Renunciamos a lo esencial de educar: el tiempo para pensar y el espacio para cometer errores.


Estoy convencido de que debemos cuestionarnos esta práctica que, bajo la apariencia de cuidado y atención, es en realidad un acto de profunda injusticia educativa. Padres y docentes, con la mejor de las intenciones, hemos caído en la trampa de la sobreprotección crónica.


La tiranía de la prisa y la solución fácil


Observa a tu alrededor. ¿Cuántos minutos de la vida de un niño o adolescente quedan libres de una actividad programada, una tarea dirigida o una pantalla? Hemos llenado cada hueco, cada instante de posible aburrimiento o reflexión, con estímulos y obligaciones. Y lo hacemos por una razón perversa: la prisa. Queremos que "acaben antes y mejor".


Pero, ¿acabar qué? ¿Y mejor para quién?


Cuando les damos la solución a sus problemas antes de que pregunten, cuando hacemos las cosas por ellos para evitarles la frustración de un mal resultado, no estamos educando; estamos instalando un “software” de dependencia en su mente. Estamos enviando un mensaje claro y demoledor: "No eres capaz de resolver esto por ti mismo. Tu error es un fracaso, no una oportunidad."


La sobreprotección ha escalado a niveles que rozan lo absurdo. Estos días, las redes sociales se llenado de carteles que prohíben a los padres pedir tutorías o reclamar notas de examen por sus hijos... ¡en la UNIVERSIDAD! Este no es un caso aislado; es el síntoma de una generación a la que se le ha negado sistemáticamente el derecho a enfrentarse a la vida. Hemos creado una burbuja de cristal que, al primer roce con la realidad, estallará en mil pedazos de inseguridad e incompetencia.


Educar no es llenar una caja vacía


La verdadera educación no tiene que ver con llenar una caja vacía con todos los instrumentos que tenemos a nuestro alcance. Esa es la lógica de la instrucción, de la mera transmisión de datos.


Educar, en su sentido más profundo, es sembrar semillas. Es crear las condiciones adecuadas —el tiempo, el espacio, la calma— para que, con el tiempo, crezcan ideas, conceptos, aprendizajes y habilidades. Es un acto de fe en el potencial del otro, no un ejercicio de control.


Si el propósito de la educación no es que cada estudiante alcance su máximo potencial, estamos cometiendo un acto de injusticia sin parangón. Y el máximo potencial no se alcanza con un horario saturado y haciendo sus tareas, sino con una mente abierta y tiempo para procesar, para aplicar destreza de pensamiento.


El derecho a aburrirse y a equivocarse


El aburrimiento es el caldo de cultivo de la creatividad y la reflexión. Es en ese vacío aparente donde la mente se reorganiza, donde se formulan las preguntas importantes y donde nacen las ideas genuinas. Al negarles el aburrimiento, les negamos la oportunidad de conocerse a sí mismos y de desarrollar la autonomía intelectual.


Y el error. El error es el motor del aprendizaje. Si evitamos que se equivoquen, les robamos la lección más valiosa: la resiliencia, la capacidad de levantarse y la comprensión profunda de por qué algo no funciona.


A docentes y familias:


Dejemos de ser los "solucionadores" y convirtámonos en los "provocadores".

Provocar la pregunta, no dar la respuesta.

Provocar el reto, no allanar el camino.

Provocar la pausa, no llenar el silencio.


Es hora de devolver a nuestros hijos y alumnos el tiempo y el espacio que necesitan. Es hora de que piensen por sí mismos y se equivoquen sin miedo. Solo así, enfrentándose a los retos de la vida, la educación dejará de ser una simulación y se convertirá en la herramienta de transformación que siempre debió ser.


¿Estamos dispuestos a asumir el reto de verlos fallar para que puedan aprender a triunfar en la vida?

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Cuestionar, compartir, crear: claves de la educación

martes, 3 de junio de 2014
"El progreso se ha convertido en algo así como un persistente juego de las sillas en el que un segundo de distracción puede comportar una derrota irreversible y una exclusión inapelable." Zygmunt BAUMAN: Tiempos líquidos. Barcelona, Tusquets Editores, 2013 (página 21)

Ya he comentado en otras ocasiones que la escuela tradicional estaba pensada para un mundo previsible (permanente). En cambio, la escuela de nuestros tiempos, esa que todavía está por construir, debe dar respuesta a un mundo mutable (movimiento continuo). Por eso, los hombres y mujeres de nuestra sociedad no pueden detenerse nunca, no pueden dejar de aprender y formarse, porque si lo hacen corren el riesgo de "perder su silla" y quedar fuera de juego en la sociedad, tanto laboralmente como personalmente.

José Antonio Marina cree que el conocimiento está al servicio de la acción. En su libro La inteligencia ejecutiva dice que la "Inteligencia es la capacidad de dirigir bien el comportamiento, eligiendo metas, aprovechando la información y regulando las emociones." La escuela del aprendizaje memorístico de contenidos, del silencio y la obediencia, debe dejar paso a una escuela de la acción donde se enseñe a los alumnos a tomar decisiones, a dar respuestas creativas, a tolerar la frustración que supone el fracaso (el error), a adaptarse a nuevas situaciones...

Cuestionar... este es uno de los verbos clave de la educación escolar del siglo XXI. Ya no vale la aceptación ciega del conocimiento que transmiten los docentes en las aulas, ahora se trata de ponerlo en tela de juicio, de verificarlo, de reconocer su provisionalidad. El alumno debe ser creador de conocimiento, debe plantearse preguntas más que dar respuestas.

Para ello, debemos hacer alumnos más competentes... debemos sustituir la competencia por la solidaridad. Compartir... este es otro de los verbos esenciales de la educación en nuestras escuelas. La colaboración es clave en las relaciones que se establecen entre las personas que viven en esta sociedad voluble.

Las personas ya no necesitamos ser depositarias de datos y cifras. Todo eso puede guardarse en una memoria externa a nuestra mente. Eso libera a nuestro cerebro para potenciar otro tipo de capacidades. Crear... y no reproducir es el tercer verbo fundamental para la educación de las personas de nuestra sociedad.

Cuestionar, compartir, crear son las "tres C" que dan forma y sentido a la educación escolar del siglo XXI, son el fundamento para crear una nueva escuela.
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¿Por qué no nos ponemos de acuerdo sobre cuál es la mejor forma de educar?

domingo, 20 de marzo de 2016
"Si yo, que soy profesor, no me ocupo de mis alumnos, soy un criminal. Mato su potencial pasión." Nuccio Ordine

Cuando se alzan cada vez más voces reclamando un nuevo paradigma educativo, entre las que modestamente me incluyo, también surgen otras voces (Gregorio Luri, Alberto Royo...) que expresan una opinión radicalmente distinta. ¿Por qué es tan difícil que nos pongamos de acuerdo sobre cuál es la mejor manera de educar?

La primera dificultad reside en la esencia misma de la educación. Todos coincidimos sin demasiados problemas en que es un arma muy poderosa. Pero como cualquier arma puede tener distintos usos. La educación puede ser entendida como un poderoso instrumento de control, de reproducción de lo establecido, o bien, todo lo contrario, como una herramienta de cambio, de construcción de espíritu crítico, de producción de nuevas maneras de entender el mundo.

Otra dificultad reside en el hecho de que tanto educadores como educandos somos seres humanos, somos personas con intereses propios, con nuestra complejidad, con nuestras circunstancias. Aunque en ocasiones educamos en nuestros centros educativos como si nuestros alumnos no fueran personas sino plantas (les obligamos a permanecer inmóviles, en silencio, hablamos de jardín de infancia, de cultivar su mente, de dotarles de buenas raíces...), en realidad, estamos educando personas, individuos que además deben tener las habilidades necesarias para convivir en sociedad.

Hay otras muchas "dificultades" que podríamos comentar, pero quisiera detenerme aquí para hablar de la función docente. En un mundo cada vez más mediatizado por la tecnología, el papel del docente sigue siendo tan importante que no hay un modelo único de éxito educativo porque su influencia es fundamental en el aprendizaje de los alumnos.

Los docentes que consiguen que sus alumnos aprendan son aquellos que logran motivarlos, que consiguen retarlos, que son capaces de encontrar y potenciar su pasión. Lo cierto es no hay una única manera de conseguirlo. Hay docentes que utilizando libros de texto hacen que sus alumnos aprendan, hay docentes que lo consiguen trabajando por proyectos, otros lo hacen invirtiendo la clase... Pero el elemento que parece marcar de un modo fundamental el éxito de los alumnos es que el docente se ocupe y se preocupe de ellos, que sea capaz de llegar más allá de lo que establecen los currículos, que sea un guía, que sea un modelo.

Ya he utilizado en otras ocasiones esta cita de Maria Montessori: "La mayor señal del éxito de un profesor es poder decir: "Ahora los niños trabajan como si yo no existiera"." Y es que, más allá de metodologías, tecnologías y otras "gías" que se nos puedan ocurrir, sin un buen docente, cualquier aula está vacía.


Sin un buen docente, cualquier aula está vacía.

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La educación está cambiando: el efecto Pinocho

domingo, 30 de octubre de 2016
https://www.flickr.com/photos/mandomail/8696218485
"¡Qué cómico resultaba yo cuando era muñeco! ¡Y qué contento estoy ahora de haber transformado en un chico como es debido!" Pinocho

Pinocho es un personaje literario, fruto de la imaginación de Carlo Collodi, al que todos relacionamos con su nariz, que crece cuando dice alguna mentira.

Más allá de que, según algunos investigadores, la temperatura de la punta de nuestra nariz aumenta cuando mentimos, nos interesa el hecho de que Gepeto creó una marioneta a partir de un viejo tronco de madera y el proceso de aprendizaje que siguió hasta convertirse en un niño de carne y hueso.

Como consecuencia del cambio de paradigma educativo que se está produciendo, los alumnos de nuestros centros están experimentando un proceso parecido, al que podemos llamar efecto Pinocho: se están transformando de tronco de madera a marioneta, y de marioneta a ser humano. Me explico...

Durante mucho tiempo, los alumnos de nuestras escuelas han sido tratados como troncos de madera de los cuales, después de muchos años de esfuerzo y trabajo de la institución escolar, se obtienen marionetas animadas, pero marionetas al fin y al cabo. Por ello, se les obligaba a permanecer sentados e inmóviles, en silencio, bajo una férrea disciplina basada en el castigo que buscaba la obediencia ciega e indiscutible. A estos alumnos no se les pedía que pensaran sino que memorizaran datos y conceptos sin ningún tipo de aplicación práctica evidente y sin espíritu crítico alguno.

A esos "troncos de madera", la educación escolar les daba forma hasta convertirlos en marionetas a las que se podía manejar con cierta facilidad moviendo adecuadamente sus hilos. A estos alumnos se les decía qué, cuándo, cómo y dónde aprender, eran agentes pasivos en su proceso de aprendizaje.

Con la Nueva Educación, los alumnos ya no son troncos de madera ni marionetas sino personas. Ahora se les pide que participen activa y responsablemente en su proceso de aprendizaje. Esta escuela enseña a sus alumnos a aprender a pensar, a convivir y compartir, a ser creativos, a tener espíritu crítico y voz propia, a ser emprendedores, a tener valores, a identificar y controlar sus emociones, a ser competentes, a ser autónomos y capaces de aprender a lo largo de toda su vida... y, por supuesto, les sigue enseñando los contenidos de las matemáticas, de la lengua, de las ciencias pero siempre de manera significativa.

Esta transformación es imparable, pero parece no gustar a todo el mundo. Aún hay a quien le gustaría que los alumnos siguieran siendo troncos de madera, marionetas a los que se pueda manejar. Quizás les dé miedo perder la autoridad que comporta ser quien mueve los hilos. A todos ellos me gustaría recordarles que la autoridad no se impone sino que se gana, y que en las escuelas no se enseña sino que se aprende.
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Aprender es adaptarse, aprender es sobrevivir

domingo, 14 de febrero de 2016
"A la cama no te irás sin saber una cosa más" es un refrán que nos muestra que la sabiduría popular y el sentido común van muy por delante de la pedagogía y de la ciencia. La neuroplásticidad de nuestro cerebro es un descubrimiento relativamente reciente y todavía poco desarrollado en nuestra práctica educativa, pero este antiguo refrán ya nos indica que estamos aprendiendo constantemente.

Credit: Andrés David Aparicio.
Aprendizaje es adaptación y necesitamos adaptarnos constantemente a nuevas situaciones, a nuevos retos. A veces nos olvidamos de que nuestra capacidad de aprendizaje es infinita, que el aprendizaje es necesario para nuestra supervivencia. Y ese es uno de los mayores errores que cometemos los educadores. De hecho, en condiciones normales, es imposible que pase un solo día de nuestra vida sin que aprendamos algo. ¡Afortunadamente!

La plasticidad de nuestro cerebro es una de las capacidades más maravillosas y, al mismo tiempo, una de las que menos aprovechamos. Hay que entender de una vez por todas que el paso por la escuela, el instituto y la universidad no nos "dan forma" definitiva y permanente. Obtener un certificado, un título, un expediente académico brillante... no nos asegura que estemos preparados para afrontar el futuro. Por lo que su objetivo principal es preparar a los estudiantes para que puedan aprender de manera autónoma durante toda la vida, que tengan una gran capacidad de adaptación a los cambios, que tengan una alta dosis de creatividad para enfrentarse a los retos futuros, que posean un espíritu crítico y analítico sin fin.

Nadie puede asegurarnos que los contenidos que se enseñan en la escuela sean para siempre y esa es una realidad que no acabamos de tener presente en nuestra forma de enseñar ni en las cosas que enseñamos. La enseñanza que estamos ofreciendo en la mayoría de nuestros centros educativos tiene fecha de caducidad, perderá vigencia en algún momento de su vida.

Aunque ahora nos parece absurdo, no hace tanto tiempo que la humanidad creía que la Tierra era el centro del universo y además estaba convencida de que era plana. Algo parecido sucederá con el mundo de la educación: en unos años nadie pensará que la escuela es un lugar donde se enseña a todos los alumnos de la misma forma, donde se les estandariza, un lugar cerrado donde los alumnos permanecen inmóviles y en silencio durante horas, un espacio compartimentado con unos horarios rígidos e inflexibles...

Seguimos valorando la educación de nuestros jóvenes bajo la estructura explicativa del mundo del siglo XX; seguimos preparándoles para un mundo que ya no existe. Por ese motivo, el sistema educativo mundial está al borde del colapso; pues no está preparando adecuadamente a los ciudadanos del futuro. Sin excusas: debemos cambiar nuestra manera de enseñar, debemos cambiar nuestra manera de aprender.
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