La educación en un laberinto: Keep It Simple, Stupid!

lunes, 15 de abril de 2013
Por todos es sabido que la educación es un sistema complejo, ya que intervienen multitud de variables. Por ello, lo que menos necesita es que la compliquemos aún más.

Las personas que intervenimos de uno u otro modo en los procesos educativos formales (docentes, alumnos, familias, orientadores...) nos encontramos justo en medio de un complejo laberinto... y, de momento, no disponemos de ningún hilo de Ariadna que nos ayude a desentrañar lo que en apariencia es caos absoluto y nos ayude a encontrar la salida.

Pero, ¿cuál puede ser nuestro hilo de Ariadna? En mi opinión, la respuesta es obvia: internet y las TIC... pero no a cualquier precio, ni de cualquier forma.
 
A diferencia de lo que sucede en educación, en diseño y en informática se aplica el principio KISS, acrónimo de Keep It Simple, Stupid! (¡Mantenlo sencillo, estúpido!). Se basa en el hecho de que los usuarios de un producto, o de un software, prefieren que sea de uso sencillo y fácil de aprender su manejo. La mejor solución suele ser la más simple, no la más compleja.
 
Todo esto está relacionado con el principio científico de la navaja de Ockham o principio de la parsimonia: en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más correcta. Ante una situación compleja, debemos dividirla en pequeñas parte que sean comprensibles, para de esa forma poder abarcar su complejidad.
 
El principio KISS aplicado a la educación implica ser humilde o, al menos, no ser pretencioso. Debemos tener la voluntad de anteponer los intereses de los alumnos al lucimiento personal. En ocasiones, las menos afortunadamente, ciertas experiencias relacionadas con las TIC parecen pensadas para el lucimiento del docente más que para una mejora del aprendizaje de los alumnos.
 
Al margen de cuestiones económicas (no hay dinero para nada o eso dicen), creo que uno de los grandes problemas con los que se está encontrando la aplicación de las TIC en educación es que no siempre se está optando por lo más simple por lo fácil, por aquello que ayuda a mejorar los procesos existentes y no los complica o los hace más complejos. ¿Qué sentido tiene tiene utilizar las TIC en procesos que funcionan mejor sin ellas? La aplicación de la tecnología debe suponer una mejora (en algún sentido) de los procesos de enseñanza/aprendizaje, sino no carece de sentido.

Creo que una buena estrategia para hacer una incorporación amable de las TIC en las aulas es que las aplicaciones tecnológicas educativas nazcan de las necesidades de mejora de los procesos educativos, que no sean los procesos de enseñanza/aprendizaje los que tengan que adaptarse a la tecnología. Muchos de los productos que se ofertan desde la empresas tecnológicas no dan respuesta a situaciones que necesitan mejora sino que rompen con la “realidad” existente... con la sensación de angustia que ello provoca a una parte importante de los docentes.
 
Con el tiempo, con el uso “amable” de la tecnología, serán los propios docentes que ahora siente miedo ante las TIC, los que demandarán nuevas vías, nuevas posibilidades más allá del “siempre se ha hecho así”.
 
Nadie que se dedique a la docencia puede resignarse a permanecer anclado en metodologías obsoletas que no dan una respuesta adecuada a las necesidades de los tiempos que corren... pero algunos van a necesitar que les tendamos puentes que les ayuden a cruzar al otro lado del río sin ahogarse.

¿Cómo educar a una generación sin futuro?

lunes, 8 de abril de 2013

Debería ser obligatorio empezar así las clases cada día:
Buenos días, ¿os ha sucedido algo interesante? ¿tenéis interés por hablar sobre algún asunto en particular?”

Es incuestionable que a partir de ahí, de los intereses reales de los alumnos, es como puede construirse mejor una sesión de aprendizaje, o bien, como puede crearse el clima de motivación adecuado para iniciar la labor docente.

El problema surge cuando los alumnos están tan desorientados, tan “perdidos” que no son capaces de encontrar motivación por nada. Los jóvenes de hoy tienen la sensación de haber llegado a un Point of No Return, y si el futuro no existe, su única preocupación es vivir el momento sin interés por nada que no sea inmediato.

En los tiempos que corren, una de las funciones esenciales de la docencia es recuperar la ilusión por el mañana de los millones de jóvenes que son incapaces de vislumbrar un objetivo de futuro, que no creen en unas instituciones que no les representan (que han acabado con su porvenir), que no encuentran ninguna razón para luchar por un mañana que es demasiado incierto.

Educar a una generación “perdida” es una dificultad más en la ya de por sí difícil tarea de educar.

Educar a la generación del “aquí y ahora” significa intentar que los jóvenes no queden al margen de la sociedad, no opten por una actitud de pasotismo o de destrucción compulsiva. Nuestra obligación como educadores es formar a estos jóvenes para que se enfrenten de forma constructiva y con espíritu crítico a un sistema que no funciona, a una realidad injusta que prioriza el beneficio de unos pocos en lugar del bien común, que facilita que la riqueza se acumule en unos pocos (poquísimos) en lugar de repartirse de una manera más equitativa y justa.

Algunos pensarán que este es un post “político”, pero yo creo que es un texto pedagógico, de justicia social, que no pretende defender ninguna ideología, sino apelar a valores humanos como la solidaridad y la justicia.

Ya lo he dicho en otras ocasiones, por mucho que se empeñen, la educación debe mantener su función de equilibrio social, de ascensor, de facilitar que no se pierda para la sociedad el talento de ninguna persona. La función de la educación no es solo alfabetizar, o preparar para el futuro laboral, educar es también dar esperanza, preparar a los alumnos para un mañana mejor.

No está dentro de las posibilidades de los docentes dotar a la juventud de un futuro mejor, pero sí que lo está el luchar cada día para que estos no caigan en el desánimo, en la desesperación, en el pasotismo absoluto y dotarles de las herramientas necesarias para que tengan espíritu crítico ante una sociedad que no funciona.

Para ello es necesario que los docentes sean cada día más profesionales, es decir, reciban un formación cualitativa y cuantitativamente mejor, y, a la vez, mantengan el entusiasmo intacto... aunque esto no sea tarea fácil en los tiempos que corren.
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Los 7 pecados capitales en la educación

martes, 2 de abril de 2013
Durante los días de vacaciones de Semana Santa encontré una noticia que llamó mi atención: Personajes de Bob Esponja se inspiraron en los siete pecados capitales. Busqué un poco por internet y descubrí que ya hace tiempo que corre por YouTube:


A partir de aquí empecé a reflexionar sobre el hecho de que educar es un proceso que nace, crece, se reproduce y muere, para volver a empezar el ciclo de manera continua y permanente, es decir, la educación se comporta como un ser vivo, más concretamente como un ser humano, pues en ella se reflejan las virtudes y los defectos de las personas.
Dicho de otra forma, cualquier proceso educativo corre el riesgo de caer en alguno de los 7 pecados capitales que señala la tradición cristiana.

De los 7 pecados que todos conocemos (pereza, gula, avaricia, envidia, ira, soberbia y lujuria), 6 de ellos tienen una incidencia directa en la educación y uno, la lujuria, no. Por ese motivo permitidme que cambie lujuria por desánimo.

Pereza. Puede afectar a cualquiera de los elementos que participan en los procesos educativos. La solemos relacionar con los alumnos, a los que casi siempre solemos ponerles la etiqueta (no siempre justa) de vagos. Pero mucho más grave es cuando este pecado afecta a los docentes y estos sienten desgana y desánimo en su quehacer diario. Ni qué decir tiene que este pecado también afecta a los legisladores educativos.
Gula. Afecta a un gran número de docentes, se identifica con la glotonería, con el consumo excesivo de conceptos y datos educativos. Estos docentes, de manera irracional, obligan a sus alumnos a convertirse en "obesos intelectuales", ofreciéndoles "grandes comilonas" en forma de lecciones magistrales con todos tipo de cifras, fechas, listas de nombres y efemérides.
Avaricia. Son los legisladores educativos los más afectados por este pecado capital. Pensar en sus intereses personales o de partido y no en el interés general de la ciudadanía es una de las formas más evidentes en las que se muestra este pecado. También algunos (pocos según creo) claustros que anteponen intereses económicos por delante de criterios pedagógicos.
Envidia. Este pecado afecta de manera directa al trabajo en equipo, indispensable para educar en centros educativos del nivel que sea. El mejor horario del compañero, las simpatías que despierta entre los alumnos, el éxito de sus métodos innovadores... pueden ser causa de celos que impiden colaborar y compartir, dos verbos imprescindibles en educación.
Ira. La agresividad, el deseo de venganza, la intolerancia, la discriminación, el resentimiento son los síntomas más evidentes de este pecado capital. No debe confundirse con la reivindicación legítima de derechos ni con la lucha por mejores condiciones de los centros educativos públicos.
Soberbia. Nos puede afectar a cualquiera sin darnos cuenta. A veces creemos que nuestra manera de hacer las cosas, nuestra forma de enseñar, nuestra manera de comportarnos es la única manera de hacer bien las cosas. Eso nos hace estar cerrados en nosotros mismos y no ser capaces de innovar y probar nuevas maneras de enseñar. (No dedicaré ni un segundo a comentar la soberbia de nuestros dirigentes educativos... no diría cosas demasiado elegantes y el silencio es más que significativo).
Desánimo. Es el pecado más grave para docentes y alumnos. Cuando la realidad educativa no se adapta a los intereses de la sociedad, cuando intentamos educar a personas del siglo XXI con modelos metodológicos del siglo XIX, el desánimo es el pecado más grande pues nos impide realizar nuestra tarea de educadores.

Para finalizar, me gustaría decir que todo pecado tiene como contrapartida una virtud. Estas son las 7 virtudes que deben dirigir los procesos educativos: diligencia, templanza, generosidad, solidaridad, paciencia, humildad y entusiamo. 
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¿Es posible un mundo sin escuelas?

jueves, 21 de marzo de 2013
“De hecho, si las escuelas no cambian con rapidez y de una manera radical, es probable que sean reemplazadas por otras instituciones con más capacidad de respuesta (aunque quizá menos cómodas y no tan legítimas).” Howard Gardner en La educación de la mente y el conocimiento de las disciplinas. Barcelona, Paidós, 2012.

La historia nos demuestra que no existe ninguna institución, exceptuando quizá alguna de carácter religioso, que permanezca inalterable con el paso del tiempo. Por tanto, aferrarse desesperadamente a lo establecido, a la tradición, al "siempre se ha hecho así", y no tener la capacidad de adaptarse a las necesidades del mundo en el que se vive, no tener la capacidad de innovar... no parece la mejor de las opciones, aunque este inmovilizo radical está muy extendido entre buena parte de los miembros de la comunidad escolar.

Cerrarse en banda, negarse al cambio es la mejor manera de convertirse en obsoleto y, por tanto, prescindible. Esto es aplicable tanto a la escuela como institución como al profesor en cuanto que individuo.

En la actualidad, la educación va mucho más allá de la escolaridad (hermética, cerrada, rígida...). O la escuela entiende cuáles son las necesidades de la sociedad y las personas del siglo XXI o está condenada al fracaso, al ostracismo (exclusión voluntaria o forzosa de los edificios públicos, a la cual suelen dar ocasión los trastornos políticos).


Lejos de pedir como hizo Iván Illich en La sociedad desescolarizada (1970), una sociedad sin escuelas, lo que pido es una sociedad cuya escuela no se limite a ser servidora de la perpetuación del sistema, sino que aporte espíritu crítico y constructivo para transformarla y contribuir a su mejora.

En este sentido, no me cansaré de repetirlo, el uso de las TIC es fundamental ya que posibilita procesos didácticos más abiertos, participativos, activos... permitiendo a la escuela traspasar los límites físicos de su arquitectura.

En conclusión, sería conveniente repensar la escuela desde dentro, que sean sus propios miembros quienes conduzcan el cambio... si no lo harán otros por ellos. Es necesario que la escuela esté más atenta a las necesidades de la sociedad, a la realidad de los alumnos y a los contenidos educativos que son verdaderamente relevantes para la vida... si no queremos un mundo sin escuelas.
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La educación desnuda (sin etiquetas)

lunes, 18 de marzo de 2013
No, el título de este post no hace referencia a una película de Almodóvar, si no que se refiere al hecho de que al parecer a todos nos disgusta ver a la educación desnuda y, por eso, cada uno de nosotros la viste con el traje (con la etiqueta) que cree que le sienta mejor en cada momento. En mi opinión, eso provoca que, en ocasiones, tengamos una visión parcial de ella y no seamos capaces de abarcarla en su globalidad.

Para algunos, los más humanistas, el vestido que le sienta mejor es el de la educación emocional o de la educación en valores. Para otros, los que siguen las últimas tendencias, el traje último modelo (el que está de moda) es de la educación para la iniciativa emprendedora. Los más progresistas, la visten con las galas de la educación para la ciudadanía. Los pacifistas, con los colores de la educación para la paz. Los ecologistas, con los de la educación ambiental... y así podemos enumerar un sinfín de maneras de vestir (de etiquetar) la educación: educación para la diversidad, educación para la salud, educación para la igualdad, educación vial, educación física, educación para el desarrollo... Como se puede comprobar, la educación tiene un buen fondo de armario.

Todos y cada uno de estos trajes o vestidos resalta alguno de sus encantos, alguna de sus características más significativas. Pero como dice el refrán: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, o lo que es lo mismo, por mucho que cambiemos de traje a la educación su esencia siempre es la misma: buscar el desarrollo integral de la persona tanto en el ámbito individual como en el ámbito social. Y eso no debemos perderlo nunca de vista.

Poner etiquetas es una característica de la sociedad posmoderna. Todo se ha vuelto tan líquido, tan complejo, tan cambiante que acompañarlo de una característica que lo acote y lo simplifique lo hace todo mucho más amable y comprensible: convierte el caos en orden aparente. Por sí mismo, el hecho de etiquetar la educación no representa un problema, la cuestión es tener siempre muy presente que, a veces, “los árboles no dejan ver el bosque”.

Además hay otra característica de la sociedad consumista/capitalista actual que también está calando profundamente en educación: la obsolescencia planificada.

Esto que, a nivel de consumo y ecología, me parece una atrocidad sin parangón; a nivel educativo se me antoja una oportunidad, porque la educación por definición es siempre un proceso inacabado.

Si todos somos conscientes de que el objetivo de la educación no es la adquisición de unos conocimientos fijos e inmutable (pues esto es imposible ya que el conocimiento es dinámico y cambiante), no es alcanzar una meta como en una carrera atlética; sino que es un viaje, un recorrido donde lo importante es el camino andado y no el destino: ¡Qué gran oportunidad se nos presenta para cambiar nuestra manera de enseñar!

No podemos desaprovechar la oportunidad que se nos brinda de estar siempre con la predisposición del aprendiz aunque se sea maestro.
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3 razones para amar la educación (con la que está cayendo)

jueves, 14 de marzo de 2013
¿Por qué decidí dedicarme a esto de la educación?

Me he hecho tantas veces esta pregunta que no soy capaz de recordar todas las respuestas que le he dado.

Lo que tengo claro es que no lo hice en busca de éxito social ni profesional; salvo honrosas excepciones esto de la educación solo da para sobrevivir y de prestigio social proporciona más bien poco. Tampoco fue por seguir una moda, en mi época, si hubiera querido estudiar lo que era más “chic” hubiera estudiado psicología, y si hubiera querido ganar dinero hubiera estudiado ingeniería (o me hubiera dedicado al mundo del ladrillo que por aquel entonces estaba muy bien pagado).

Fue una decisión vocacional (por suerte el ministro de Educación del gobierno de España, el Sr. Wert, todavía no había dicho que no hay que estudiar lo que a uno le gusta, sino lo que le conviene).

Aunque reconozco que la dureza de la enseñanza y la ingratitud de trabajar en el ámbito de la educación con todas las restricciones, recortes, vaivenes legislativos... me han hecho tener alguna duda puntual, nunca, jamás, he pensado que me hubiera equivocado al tomar la decisión de dedicarme al noble arte de enseñar y aprender.
 
Mi amor por la pedagogía se sustenta en 3 razones:

1. Creo firmemente que la educación es un arma de construcción masiva, que es la mejor manera de hacer un mundo mejor. Sufro de optimismo educativo.
2. La educación, a pesar de que muchos intenten impedirlo, es un ascensor social. Sirve para compensar los desequilibrios sociales.
3. Para finalizar, la razón más poderosa para seguir amando la educación en estos tiempos de crisis es ver (provocar) la sonrisa de un niño cuando disfruta aprendiendo y ver cómo cuando crece y te encuentras con él al cabo de los años, tu trabajo ha merecido la pena. ¿Hay mayor satisfacción?
 
Dicen que "el simple aleteo de una mariposa puede cambiar el mundo". Me da fuerzas pensar que el trabajo de un educador (maestro, profesor, pedagogo, orientador...) puede cambiar el mundo. De hecho estoy convencido de que ya lo ha hecho en muchas ocasiones: dicen que hay genios que fracasan en la escuela, pero seguro que encontraron a alguien que, aunque fuera al margen de la institución, les animó a hacer las cosas a su manera y dar con algo innovador, que ha hecho nuestra vida un poco mejor.
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Hablar bien: garantía de éxito escolar

domingo, 10 de marzo de 2013
Es habitual escuchar decir a un alumno: “Si yo esto me lo sé, profe... lo que pasa es que no sé cómo explicarlo”.

Aunque es cierto que algunos alumnos, para justificar sus limitaciones, se escudan en su falta de recursos para expresar oralmente sus ideas y conocimientos, no es menos cierto que a otros muchos realmente les faltan recursos para expresar de palabra algunos conocimientos que sí tienen de alguna manera interiorizados.

Actualmente, en nuestras escuelas hay un gran interés por la compresión lectora y la expresión escrita, pero no sucede lo mismo con la expresión y la comprensión oral. Muchos profesores, incluidos los de lengua, relegan la expresión oral a una competencia poco relevante; aunque sabemos que es un elemento muy importante para la integración de las otras destrezas de comunicación y aprendizaje.

Hablar tiene una incidencia directa en la mejora de la comprensión lectora y la composición escrita. Pero igualmente importante, o incluso más, es escuchar. Saber escuchar es una de las capacidades más importantes para la adquisición de conocimiento, pero también para tener unas relaciones sociales afectivas, efectivas y satisfactorias. La escucha activa y asertiva es un elemento poco valorado y aún menos trabajado en nuestras aulas. Apesar de que la mayoría de las interacciones que suceden en un aula son orales. La comunicación entre iguales o entre docente y alumno es mayoritariamente oral.

El diálogo (que no el monólogo) es la forma más elemental y básica de los procesos de enseñanza/aprendizaje, pero también es el elemento fundamental que regula las relaciones sociales. En este sentido, por ejemplo, el tono de voz que emplea un docente a la hora de dirigirse a sus alumnos marca el tipo de relación y el tipo de intercambios que se pueden establecer entre ellos. Y lo mismo puede decirse de la manera de escuchar.

Nuestra forma de expresarnos cuando hablamos, cuando nos evalúan en la escuela, en una entrevista de trabajo o en una reunión de negocios... es nuestra carta de presentación más inmediata. Hablar bien con ideas correctamente expuestas y argumentadas, utilizando un vocabulario adecuado y preciso es garantía de éxito personal, escolar, social y laboral.

A continuación, a modo de recordatorio, enumeraré las formas de expresión oral que deben trabajarse en los distintos niveles educativos:

Emisor múltiple

- La conversación: es el modo más sencillo y espontáneo. El gran secreto de la conversación reside en saber escuchar al interlocutor y respetarlo.

- El diálogo: es la alternancia en el uso de la palabra entre diferentes personas. Puede ser espontáneo o preparado.

El diálogo preparado tiene distintas modalidades:

- La entrevista: Diálogo entre dos personas, preparado de antemano por una de ellas (entrevistador), en forma de preguntas dirigidas a otra (entrevistado).

-La encuesta: Parecido a la entrevista, pero dirigido a conocer la opinión de una persona o un grupo de personas sobre algún tema.

- El debate: consiste en contraponer opiniones distintas sobre alguna cuestión con la pretensión de alcanzar conclusiones. Es fundamental el papel del moderador.

Una variedad parecida al debate es el coloquio, donde los interlocutores aportan sus ideas sin ánimo de discusión. Cuando un coloquio se realiza con periodicidad se conoce con el nombre de tertulia.

Un solo emisor

-La conferencia: Consiste en la exposición, con finalidad informativa, de un tema ante un auditorio.
 Su finalidad es informativa y de divulgación. 
Cuando esto tiene un tono más informal y el auditorio es más reducido se denomina charla.

- El discurso: su objetivo es convercer o persuadir al auditorio.

En conclusión, la expresión oral es una de las formas más elementales que tenemos para comunicarnos, y es lo primero que aprendemos de forma natural y en el entorno familiar por imitación. Esto es el fundamento de los aprendizajes básicos que realizamos en los primeros años de vida, es la forma básica de relación social y es una actividad esencial de la conducta comunicativa.

Con el paso de los años, hablar y escuchar son dos de las destrezas más importantes para el éxito escolar, personal y social... por eso no podemos seguir ignorándolas en nuestras escuelas.

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